Ubicación y cama de 10, pero el camarero se debió dejar la alegría en casa
El Hotel Hoffmeister tiene una ubicación estratégica: al pie del Castillo y a un paseo de 15 minutos del centro cruzando el Puente Carlos. La habitación en la planta baja con salida al jardín interior es un acierto; desayunar o descansar en la mesita de la puerta es un lujo. La cama, comodísima (aunque si eres de almohadas altas, prepárate, porque las de aquí son más bien "planas"). El baño, impecable: albornoces, zapatillas y todo lo necesario.
Eso sí, dos detalles para los próximos viajeros:
Al aire acondicionado parece que le da pereza trabajar, porque no iba muy fino.
La famosa copa de bienvenida: Te invitan a un vino al llegar, pero el señor que nos atendió debió pensar que le estábamos pidiendo un riñón. Derrochaba tal "alegría" y "simpatía" que casi nos pide perdón él a nosotros por existir. Un servicio tan seco que el vino parecía hidratar poco. Una pena que un detalle tan amable del hotel se convierta en un momento tan tenso por la nula hospitalidad de quien lo sirve.
Salvo por ese "derroche de carisma" en el bar, el hotel es muy recomendable.