La experiencia ha sido irregular. El trato del personal de recepción es desigual: he tenido tanto interacciones muy correctas como otras bastante negativas.
La decoración de las zonas comunes resulta mediocre, propia de un hotel sin identidad ni alma. En las habitaciones, además, el mobiliario no solo es poco atractivo, sino que se encuentra visiblemente deteriorado.
Es una lástima, porque el edificio y su entorno merecen mucho más. Creo que el hotel debería recuperar una decoración acorde al lugar en el que se encuentra y al estilo del arquitecto que lo diseñó con tanto acierto a finales de los años 60: menos estructuras añadidas en las terrazas y un mobiliario con carácter, cuidado y coherente con su esencia original.