La vista del balcón muy hermosa, los pasillos impecables. Muy poca luz en la habitación, no hay donde poner a secar las toallas, trajes y salidas de baño, terminamos el café y solicitamos más pero no había porque ya era muy tarde (11), su lema es a cualquier hora! Una baldosa frente al lavabo está floja, el tope de la puerta del baño está flojo, muy poca variedad de canales e imposible abrir la F1 en mi tableta y pasarla a la TV. La puerta corrediza a la terraza se atora casi al cerrar. Algunas personas se notaba que estaban de no muy buen humor, otras como Raquel de recepción y Guadalupe en el lounge, encantadoras! Nunca sentí el beneficio del brazalete dorado, esperé más de una hora por mi habitación y la comida en el lounge no denota “especial”. Había personas con otros brazaletes. Lo conocí hace algunos años y regresé por el servicio y variedad de alimentos y bebidas. Falta mucho para estar tan bien como antes. La cena italiana, muy fea (sin sabor ninguno de los dos platillos), la de mariscos, ya no tenían toda la carta y tampoco resultó muy sabrosa. El pozole de la mexicana bastante bueno, y creo que lo mejor fue el japonés, pero nada especial, era casi un Sushito. Y sin Sake, era otro tipo de licor. Los elevadores no eran 100% confiables. El puesto de platería afuera del salón “Mexicano”, tenía unos precios más allá de absurdos, dos pequeñas piezas (cadena sencilla para muñeca y anillo, 6,500 pesos! Un robo, no creen? Varios meseros amables, sobre todo los de la alberca